lunes, 1 de mayo de 2017

TIERRA DE CONQUISTADORES

    
     En el parque que hay frente a la Residencia María Auxiliadora de Madrid hay un banco de madera, desde el que se puede ver perfectamente la habitación de Patricio. Hoy he vuelto a verla sentada en aquel banco, ocultando su mirada tras sus gafas oscuras y silenciando el sentimiento de su pecho palpitante.

     Patricio era de Medellín, llevaba en su sangre la más pura genética de Hernán Cortés y cada mañana recorría el pasillo de la tercera planta, buscando a una auxiliar para que le frotara la espalda y le recortara perfectamente su barba blanca. Después se iba a su habitación y permanecía largo rato mirando por la ventana que da directamente al parque, con la mirada fija en aquel banco de madera.

     En las horas de visita, ella siempre esperaba a que los hijos de Patricio se fueran para entrar a la residencia. Sin mediar palabra con nadie, se sentaba junto a él y apuraban suavemente el resto de la tarde, hablando de nimiedades y rozándose las manos.

     Al igual que en el mundo se zahiere a Cortés, nosotros en la residencia murmurábamos de aquella relación de Patricio y esa mujer de gafas oscuras, a la que él triplicaba la edad y de la que sus hijos nos querían ni oír ni hablar.  

     Ya hace mucho tiempo que Patricio nos dejó a la respetable edad de 102 años, yo ya lo tenía olvidado en mis recuerdos, pero esta mañana todo se revivió en mi mente, cuando la vi sentada, bebiéndose las lágrimas, en el mismo banco donde él la miraba.


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