domingo, 14 de diciembre de 2014

DOS RELATOS PALESTINOS

SHALOM  05/08/2014

     Amaneció más tarde que de costumbre, el sol cubierto por un humo sulfúreo abrasaba con sus rayos todo lo que tocaba. David estaba desnudo, había pasado la noche en vela, sentado en una piedra, meditando sobre el valor que tiene la tierra si ya no quedan hombres para habitarla. Pertenecía a un pueblo al que su dios había castigado y perdonado cientos de veces por sus acciones pecaminosas y su estirpe estaba regada por la miseria divina, amén de las más crueles opulencias.

      Quitó el polvo de sus tirabuzones negros y quiso ponerse a caminar por la tierra prometida que le pertenecía, pero no pudo, sus pies se enganchaban en cientos de cadáveres de niños inocentes, más allá había mujeres disecadas con la boca abierta por los gritos y los ojos vacíos de tanto llorar. Oteó en el horizonte para encontrar alguien como él , pero nada se movía más que el humo sulfúreo de sol, marchitando los cadáveres. No quiso pensar en los hechos cometidos para conseguir el fin, solamente buscó un pedacito de tierra no muy manchado de sangre y allí se durmió, dejando que el sol terminara su trabajo.

                     UN PERRO PALESTINO  09/08/2014


Unos de los momentos más crueles de mi niñez fue haber presenciado impertérrito un episodio de violencia colectiva contra un perro cimarrón. Con nueve años tuve que ver como un formidable animal era apaleado hasta la extenuación por un grupo de jóvenes exaltados y algún que otro hombre mayor que coreaba el brutal espectáculo. 
Los perros, en los pueblos, se abandonaban con mayor facilidad que ahora y los más fuertes que conseguían sobrevivir, sin hogar y sin comida, se reunían en manadas a las afueras y en la noche hacía incursiones por las calles para comerse las bolsas de basuras que los vecinos dejaban sin protección para que los basureros las recogieran. Destrozar alguna de aquellas bolsas o incluso comerse alguna gallina de los pajares era delito suficiente para justificar escenas tan atroces como la que yo contemplé, aquella tarde de los años sesenta. 
Recuerdo que era un perro grande y musculoso de color parduzco que en las calurosas siestas del verano de Almendralejo recorría las calles en buscas de niños solitarios para compartir con ellos sus meriendas. Era muy goloso, le gustaba mucho el pan con chocolate, pero lo que más le gustaba era la mortadela con aceitunas. Tenía una enorme cola blanca, enrollada sobre si misma, la cual yo estiraba hasta el máximo y disfrutaba viendo como volvía por si sola a su postura inicial.
Un poco más bajo de dónde yo acostumbraba a compartir mi merienda, se abrió una puerta con un gran estruendo y apareció junto a nosotros un chico joven que le propinó una tremenda patada en la barriga, mientras gritaba como loco “el cimarrón, el cimarrón”. No tardaron en aparecer muchos más jóvenes con palos muy largos y sin dudarlo un momento le sacudía por donde le pillaban a aquel pobre perro palestino.  


Recuerdo que no se acobardó en ningún momento, que enseñaba sus dientes a todo aquel que le pegaba un palo y que en ningún momento quiso separarse de mí. Hoy en día, sin traumas por recordarlo, comprendo perfectamente porqué no quiso salir huyendo para salvar la vida, porqué rompió mil veces “el alto al fuego” a pesar de estar muriendo y también comprendo porqué un pueblo entero, tras ser incriminado falsamente y desahuciado de sus hogares, decide seguir luchando hasta la muerte. 





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