lunes, 21 de julio de 2014

UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD

Retrato "Abuela Pepita"
óleo de Joan Marti Aragonès.

                                 
     En mi trabajo, un mes de vacaciones no es mucho tiempo para olvidarlo todo. Como el mal capitán que hace recuentos de las bajas en el campo de batallas, uno se enfrenta a la llegada con el ordenador para averiguar cuántos seguimos aquí presentes. Algún nuevo caso de cáncer, una pierna cortada e incluso un par de muertes, no son cifras alarmantes para mí. Ya estoy acostumbrado a que la vida no me pregunte y a que las segundas oportunidades sean cosas del azar.

     Cuando paseo por las estancias, saludando a los residentes, siempre temo olvidar sus nombres o lo que es peor, mostrar desconocimiento de sus diversas historias clínicas. De todas formas hay historias que se graban en la mente con fuego y nombres que no soy capaz de echar nunca del corazón.

      Los protocolos dictan no demostrar en público más afectos a unos que a otros, para no provocar celos ni envidias e incluso yo, en un afán desmedido de profesionalidad, intento dejar para el final a esos nombres que no soy capaz de echar de mi corazón. Esta mañana de verano, el calor parecía haber dado una tregua y por las ventanas del enorme salón entraba una brisa fresca que perfumaba el ambiente. En un rincón estaba Madame Tez Blanca, sentada entre cojines y seguía mis acciones de un lado para otro con su mirada: un tironcito de orejas a uno, un guiño de ojo a la más presumida, un saludo militar al más serio e incluso un numerito de majorette con el eterno bastón perdido de la Residencia.

     Desde lejos podía percibir como el cuerpecito de Madame se agitaba por no dirigirme a ella después de todo un mes de vacaciones. Yo ya había leído su historia clínica en el ordenador y sabía que tras algún episodio alucinatorio, había tolerado muy bien la quimioterapia. Al terminar de saludar a todos los demás, hubiera querido atravesar corriendo el enorme salón y abrazarla, pero solamente me acerqué a su sitio y me senté junto a ella, en el sofá lleno de cojines. Cómo siempre me pasa en estos casos, se me cierra la boca y las palabras no salen por temor a no ser las adecuadas. Estuvimos un ratito en silencio mirándonos fijamente a la cara. De repente, mientras se quitaba un gorrito de colores que le cubría la cabeza, me dijo: “Fíjese, ahora me está saliendo pelito de  bebe”  yo extendí la mano para acariciarle la nunca: “¡Es verdad Madame qué suave es!”. Esbozó una sonrisa en su tez blanca y nuevamente con sus manos tiernas me apretó las mejillas para consolarme.
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