domingo, 13 de abril de 2014

TAMBORES DE CRUCIFIXIÓN

 
Tambores de crucifixión.
        
Ton, ton, torrotón… De repente los tambores de la Semana Santa lo despertaron, no sabía el tiempo que había estado durmiendo, tal vez una eternidad. La ventana estaba abierta y los visillos, mecidos por la brisa, dejaban entrever la primavera.  Desde su cama podía ver el jardín aledaño; los parterres estaban llenos de capullos y el enorme plátano del centro, en un alarde de esperanzan, rasgaba su piel leñosa dando paso a los primeros brotes de la temporada.
           También era Semana Santa cuando en su infancia ganó el concurso de poesía de la escuela, el tema elegido: “la primavera”. Todavía recuerda aquellos versos infantiles, llenos de flores y de campos…  Tón, tón, torrotón y lo subieron a recitar su poema encima del escenario. Por un momento fue grande y todos los que antes le pegaban ahora le aplaudían. Cuando llegó a casa, los tambores seguían sonando y corrió hacía su padre para contarle que había ganado un concurso de poesía. Ahora no quiere recordar los adjetivos acabados en -ón que tuvo que escuchar sin derrumbarse, ton, ton, torrotón… Tenía nueve años y aquella primavera comprendió el mensaje de la crucifixión a un inocente.
          Quiso seguir durmiendo sin importarle los tambores que retumbaban en sus sienes, metió la cabeza bajo su edredón de plumas y comprendió porqué odiaba tanto esta época del año.


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