domingo, 13 de marzo de 2016

AGUAS BRAVAS



     Irremediablemente, todo río de aguas bravas acaba remansándose en el mar. La primera vez que lo vi, no hace mucho tiempo, sentado en recepción, parecía un inspector de hacienda o un visitador médico de esos que van empaquetados en trajes de alpaca y zapatos italianos. Le extendí la mano para saludarlo y el solo hizo un amago con la suya, apartando la mirada hacia la puerta por donde entraba su esposa con las maletas.

      Aquella actitud despectiva, fue siempre la tónica de Pelayo, porque así se llamaba. Aún no tenía la edad de jubilación y ya se encontraba dando sus datos frente al mostrador de una residencia geriátrica. No era capaz ni de pronunciar su nombre completo sin pedir ayuda a su mujer para completarlo. Cuando terminaron con los trámites del ingreso, a él se lo llevaron a su habitación y ella se sentó en un banco del jardín completamente derrumbada. Esta absurda manía que tengo, de ponerme en la piel de los demás y novelar cosas irreales, me llevó, muy condescendiente, a consolarla. Nuestra conversación no duró más de quince segundos, pues ella la terminó diciéndome que era la decisión más acertada que jamás había tomado.


     A la Mañana siguiente, cuando estaba haciendo la ronda, entré en su habitación y la auxiliar estaba lavándolo, semidesnudo, encima de la cama. Allí olía a rosas, ella le pasaba la esponja jabonosa suavemente por su cuerpo, todavía esbelto y cubierto de bello negro y ondulado como las aguas del Sella. Él me miró fijamente a los ojos y clavándome la mirada, me hizo sentir, por un momento que era yo el único que sobraba en aquel cuarto. No entré muy bien a mi despacho, cuando aquella auxiliar llegó corriendo con la cara ensangrentada y entre llantos me contó lo que Pelayo le había hecho, unos segundos después de irme yo. Fue entonces cuando comprendí la escueta conversación del día anterior con su señora y su decisión tan acertada.


     Estuvo muy poco tiempo con nosotros, su enfermedad era grave y fulminante, todos, como si fuera un rio de agua bravas, tuvimos que acostumbrarnos rápidamente a su excelsa belleza y a sus crueles envestidas. Hoy, sin novelar nada de lo que digo, puedo asegurar que hubo más de una persona que se alegraron de aquel descenso tan violento y de cómo una vida, todavía corta, se remansara tan rápidamente en el mar.
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