viernes, 1 de febrero de 2013

LA MIRADA AZUL DE MI PADRE


           Mi padre era un llorón y en la familia todos lo sabíamos. En las bodas, bautizos o funerales, él sacaba su impoluto pañuelo blanco del bolsillo y aquellos dos ojos azules se convertían en fuentes caudalosas de lágrimas que brotaban sin ningún tipo de vergüenza. Llorar era la técnica que usaba para que se le prestara atención. Era un autentico espectáculo; ver a un hombre guapo y grande, fuerte como un castillo y llorando como una auténtica magdalena. También lo sabían en todo Almendralejo, tanto es así que le apodaban “Isidro el Llorina , el de la taberna de la calle Palomas”, aunque más bien este sobrenombre creo que se lo ganó porque también era un avaro que se pasaba el día quejándose de lo mal  que estaba la vida, a pesar de tener un capital bastante saneado que honrosamente nos dejó a sus tres hijos.  Ya contaré en otra ocasión la parda economía doméstica que se llevaba a rajatablas en mi familia, por si acaso estos políticos actuales, chorizos, faraones de pacotilla, se dan cuenta donde están las autenticas necesidades de la gente normal.

          No recuerdo la fecha exacta, pero era la época del destape. La dictadura, por fin muerta y abolida aunque fuera en la cama, pintó las paredes de la taberna de “Tías Buenas”; sí de “Tías Buenas” en la mente de un niño de once o doce años. En un pueblo abandonado, en medio de la naturaleza, las mujeres son todas “Tías Buenas” y más lo son cuando forman parte de un corrillo de adolescentes con la sangre al rojo y la calentura en el cuerpo.  Aquel bodegón de mi adolescencia era la Capilla Sixtina de la Tías Buenas y yo era el taquillero de la función de tarde.


     Entre las tres y las siete de la tarde, el bodegón estaba cerrado porque en los veranos de Extremadura y a la hora de la siesta ni siquiera pueden volar las cantáridas. A esa hora todos los amigos nos dábamos cita para beber vino peleón, espeso como la tarde y admirar aquellas impresionantes obras maestras del destape.  En realidad no nos fijábamos mucho en los peinados de aquellas chicas:  rubias, morenas, de pelo rizado formando caracolillos,  de pelo más liso, suave como terciopelo y de abundantes pelos encrespados que daba miedo la profundidad que prometían. Al ver el variado y suculento muestrario empezábamos a acariciar al jazminero y dábamos saltos de calendario en calendario, cómo libélulas desnudas en medio del cigarral… Nunca pensé yo que aquellos triunfos de jazmín vertidos sobre un suelo de cemento, apestado de vinazo y de gargajos, fueran a verterse en nuestra madurez, sobre tan ilustres personajes de las altas esferas.  



     Yo odiaba que mi padre llorara, pero aquella noche, cuando fui a buscarle a la taberna para que viniera a cenar, lo estaba haciendo de una forma diferente. Lloraba sin pañuelo, sin público, en silencio, verdaderamente desconsolado. Me aterrorizó aquella imagen de mi padre y permanecí observándole, escondido tras unos capachos. A la penosa luz de una bombilla de 40 vatios, sus lágrimas se deslizaban por las mejillas, mientras machacaba con un mazo, unas cuantas piedras de sulfato de cobre de un azul maravilloso.  Con mucho valor, salí de mi escondite para consolarle; quise entrelazar mis dedos entre su pelo canoso y ondulado de aquella nuca poderosa de hombre del campo, pero se dio cuenta de mi debilidad y nuevamente me cogió del brazo para darme dos sonoros guantazos en el culo, mientras gritaba sollozando: “Dile a tu madre que iré a cenar cuando me salga de los güevos”.      

     Como siempre, me fui corriendo para mi casa. Esta vez yo no iba lleno de rabia y los azotes de mi padre ni siquiera me habían dolido. Al entrar en la cocina me abalancé sobre mi madre y le dije con mis ojillos abiertos de par en par: “¡Mamá!, papá está llorando pero de verdad de la buena”. Mi madre me envolvió en su regazo y no dijo nada. Se extrañó ya que aún no era la época de sulfatar las viñas con aquel potente fungicida.

     El verano seguía su curso.  Las tardes calurosas se sucedían y de cuando en cuando, yo invitaba a los  amigos a la taberna a pasar una de  aquellas fantásticas siestas orgiásticas.  Ya  se me había olvidado el llanto verdadero de mi padre, de unas noches atrás y cogí una botella de vino, un poco apartada de las demás, para ofrecérsela a mis amigos. Nuestra obsesión por el arte del destape hizo que ninguno nos diéramos cuenta del color verde azulado que tenía aquella botella que yo acababa de poner encima del mostrador; mientras  tanto, los otros, tan afanados cómo libélulas en el cigarral, iban revoloteando de rubia en rubia y de negra en negra.   

     De repente, mi padre apareció tras la enorme puerta de chapa y se quedó atónito al ver aquel tremendo espectáculo. Permaneció en silencio, frunciendo el ceño y empezó a caminar lentamente entre aquellas libélulas desnudas, hasta que llegó a la altura del mostrador donde estaba aquella botella sin empezar. La cogió con su gran mano de agricultor y con todas sus fuerzas la lanzó contra una de aquellas paredes decoradas con chicas desnudas. Rápidamente, todos  avergonzados, empezaron a subirse los pantalones para ir escapando como pudieron  de aquella mirada azul que mi padre les lanzaba.

     Tras cerrar aquella puerta enorme de chapa con un gran cerrojo y dos pestillos, se volvió sobre sus pasos, buscándome por los rincones de aquel apestoso garito. Yo estaba en la parte opuesta tiritando de miedo e intuyendo la paliza que me esperaba. Cerré los ojos para aguantarla estoicamente… De repente, sentí sus brazos apretándome muy fuerte contra su pecho y así permaneció un buen rato; repitiéndome como en un susurro aquellas dos palabras mágicas que se decían en mi familia en los momentos solemnes :“hijo mío, hijo mío, hijo mío”. Mientras tanto, sobre mi cabeza turbada se derramaban los chorros de aquellas dos fuentes caudalosas de sus ojos.




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